En mayo de 2026 un investigador de seguridad accedió a 1,1 millones de cámaras de vigilancia en 118 países, muchas de ellas vigilabebés inteligentes instalados en habitaciones infantiles, sin necesidad de hackear nada, ya que la clave de acceso estaba visible dentro de la propia aplicación del fabricante, un caso conocido como la vulnerabilidad de Meari que explica bien por qué comprar un vigilabebés conectado a internet no es una decisión tan sencilla como parece.
Eso no significa que haya que descartar la idea, sino que hay unos cuantos puntos, técnicos y de sentido común, que conviene mirar antes de meter una cámara con micrófono en la habitación donde duerme un bebé.
Audio, vídeo o sensor de movimiento: tres cosas distintas
El vigilabebés de solo audio transmite el sonido de la habitación a un receptor o al móvil, sin imagen, de modo que es el más barato y el que menos datos expone si algo falla, mientras que el de vídeo añade una cámara, casi siempre con visión nocturna por infrarrojos, y suele conectarse por WiFi a una app para poder ver al bebé desde el salón o desde fuera de casa.
Hay un tercer tipo, menos conocido, los sensores de movimiento o de respiración, normalmente una placa bajo el colchón o un clip en el pañal, que avisan si detectan una pausa prolongada en la respiración o en el movimiento del bebé, y es, con diferencia, el que más dudas genera.
Lo que la pediatría dice sobre los monitores de respiración
La Academia Americana de Pediatría (AAP) es clara en este punto, y su recomendación choca con buena parte del marketing de estos productos: no recomienda usar monitores de apnea o respiración en casa como estrategia para reducir el riesgo del síndrome de muerte súbita del lactante (SMSL) en bebés sanos, según recoge HealthyChildren.org, el portal oficial de la organización.
El dispositivo funciona técnicamente sin problema y detecta las pausas, pero la razón de fondo tiene que ver con la falta de evidencia, ya que no hay datos que demuestren que ese aviso reduzca el riesgo de SMSL en la población general de bebés sanos, y las pausas breves de respiración en un recién nacido son, de hecho, normales, no un indicador fiable de peligro.
Lo que sí está demostrado que reduce el riesgo, y a la mitad desde 1994 según la propia AAP, es dormir al bebé boca arriba sobre un colchón firme y sin objetos blandos alrededor, mientras que estos monitores, además, generan falsas alarmas con frecuencia, hasta el punto de que estudios citados por la organización encontraron que los padres de bebés monitorizados declaraban sentirse más ansiosos y con peor descanso que los padres de bebés sin monitor.
Esto no aplica a bebés con antecedentes médicos concretos, como problemas respiratorios diagnosticados o necesidad de oxígeno en casa, donde un monitor sí puede tener sentido bajo indicación de un pediatra, aunque para un bebé sano la AAP considera que el monitor de respiración da una falsa sensación de seguridad que no está respaldada por los datos.
El riesgo real: la cámara conectada a internet
Volviendo al caso de mayo de 2026, el fallo de Meari, la plataforma que usan más de 300 marcas distintas de cámaras (identificables porque comparten la app CloudEdge), combinó varios problemas a la vez, según el análisis recogido por WWWhatsnew: contraseñas por defecto que nadie cambiaba, imágenes de alerta guardadas en la nube sin ningún control de acceso, y un protocolo de mensajería interno sin autenticación, de modo que la empresa acabó cerrando la plataforma vulnerable y actualizando el firmware tras el aviso, aunque durante un tiempo cualquiera con la clave filtrada pudo, en teoría, ver lo que grababan esas cámaras.
El riesgo no es solo teórico ni exclusivo de esta marca, ya que cualquier cámara con vídeo y micrófono conectada a internet es, por definición, un dispositivo que puede ser accedido remotamente si algo en su seguridad falla, lo que no es motivo para descartar la categoría entera, sino para elegir bien y configurarla bien desde el primer día.

Qué mirar antes de comprar uno con vídeo
Lo primero es una contraseña única obligatoria en la configuración inicial, en vez de una contraseña genérica de fábrica que el usuario puede dejar sin cambiar, exactamente el fallo que explotó el caso de Meari, y casi igual de importante son las actualizaciones de firmware automáticas, ya que un dispositivo que no se actualiza solo acumula vulnerabilidades conocidas con el tiempo, y la mayoría de usuarios nunca entra a actualizarlo manualmente.
También conviene decidir entre grabación local y grabación en la nube, ya que una tarjeta microSD en el propio dispositivo no depende de un servidor externo que pueda estar mal configurado, y si el modelo sube grabaciones a la nube, es mejor comprobar si cifra los datos en tránsito y en reposo, sin olvidar que un fabricante pequeño sin historial de actualizaciones de seguridad es más difícil de auditar que uno grande con reputación que proteger.
Dónde colocarlo: el riesgo físico que nada tiene que ver con hackeos
El peligro más citado por asociaciones de seguridad infantil no tiene nada que ver con la seguridad digital, sino con el cable de alimentación de la cámara o del receptor, que debe quedar siempre a más de un metro de la cuna, fuera del alcance del bebé, porque un cable colgando cerca de la cuna es un riesgo real de estrangulamiento a medida que el bebé empieza a moverse y agarrar objetos, aunque los modelos a batería con carga inalámbrica evitan este problema por completo, a cambio de exigir recordarse de cargarlos con regularidad.
La cámara debe apuntar a la cuna desde una distancia y un ángulo que capten al bebé completo sin necesidad de colocarla justo encima, ya que además de ser un riesgo si se cae, esa posición suele dar una imagen demasiado cenital para ver bien la cara.

La temperatura, un dato más útil que la respiración
Muchos modelos de gama media incluyen sensor de temperatura y humedad ambiental, y aquí sí hay una recomendación pediátrica clara detrás, ya que mantener la habitación entre 20 y 22 grados reduce el riesgo de sobrecalentamiento, uno de los factores de riesgo reales del SMSL que la propia AAP sí reconoce como relevante, a diferencia de la monitorización de la respiración, lo que la convierte, en la práctica, en la función «extra» que más justifica pagar algo más por un modelo con sensores frente a uno básico de solo vídeo.
Cuánto cuesta y cuándo no compensa
Un vigilabebés solo audio cuesta entre 25 y 50 euros, uno con vídeo y app móvil entre 60 y 150 euros según resolución y funciones, y los modelos con sensor de movimiento bajo el colchón, el tipo que la AAP no recomienda para bebés sanos, suelen ser los más caros del mercado, entre 150 y 300 euros, precisamente por una función cuyo respaldo científico es más débil que su precio.
Si la habitación del bebé está pegada a la de los padres y se oye perfectamente sin dispositivo alguno, un vigilabebés no aporta gran cosa más allá de tranquilidad psicológica, que tiene su propio valor pero conviene reconocerlo como tal, mientras que compensa mucho más claramente en viviendas grandes, en pisos con habitaciones alejadas, o cuando uno de los cuidadores tiene el sueño especialmente profundo.
Lo que hace útil a un vigilabebés es, sobre todo, cómo protege los datos que capta y no cuántas funciones trae, ya que un micrófono y una cámara apuntando a una cuna, si están mal configurados, son un problema de privacidad serio, mientras que la función de detectar la respiración, según la pediatría, no aporta la seguridad que promete.
Si lo que se busca es una cámara con buena seguridad y sin depender de suscripciones en la nube, merece la pena revisar los mismos criterios que ya se aplican en la guía de cámaras de seguridad interior sin suscripción, porque muchos de esos modelos, en versión más compacta, sirven igual de bien como vigilabebés, y si ya hay otros dispositivos conectados en casa, conviene comprobar que se integra bien en el mismo hub doméstico, para evitar acabar con media docena de apps distintas gestionando cada aparato por separado.

